Ayer asistí por primera ocasión a una junta de Padres de Familia de la escuela de mi niño. No he cumplido ni cinco meses de experiencia en ser padre, cuando ya estoy asistiendo a un junta escolar...y la verdad es que fue algo tormentosa.
A inicio de cuentas, llegué tarde. El gran portón de la escuelita, dejaba escuchar una voz de bocina y una serie de murmullos, seguidos de una larga lista de lloriqueos infantiles. Apenado, toqué el timbre y esperé a que se abriera la puerta.
Rechinó un poco, del otro lado apareció la cara regordeta de una señora, que descubriría después es maestra de la escuela. Entré -con la cola entre las patas-, todos los ahí reunidos me voltearon a ver con cara de aburrición y fastidio. Tomé un lugar al final del patio, y me senté en una incómoda sillita del tamaño de un cuaderno.
Después de un breve silencio, la voz de bocina, prosiguió con su largo y enredoso discurso. Y siguió y siguió. Y siguió y me desesperó, y me aburrió, y me cansó.
Para cuando desperté de mi malviaje, descubrí que tenía 5 minutos para llegar a otro de mis destinos. Por si no hubiera tenido suficiente pena y miradas extrañadas acumuladas durante mi entrada, apurado tomé mis cosas y me aproximé a la salida lo más sigilosamente posible. Estaba por abrir la puerta cuando la voz de bocina me detuvo. ¿Ya te tienes que ir? preguntó, como si no fuera obvio y sólo quisiera seguir ridiculizándome. Giré lentamente, asentí con la cabeza y los cachetes enrojecidos. Una maestra apurada me entregó una bolsa llena de quiensabequé, me dió la mano y me dijo en voz baja: ¡Andrés se porta muy bien!. Justo cuando pensé que se estaba burlando de mí, entendí que se refería a mi hijo.
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