jueves, 19 de febrero de 2009

La caja idiota

Recostado sobre el sofá de la sala, me disponía a pasar el rato mirando la televisión.

Mientras esperaba el inicio de la serie cómica <>, irrumpieron con violencia 3 minutos de aburridos y tediosos comerciales.

Justo cuando había decidido ir a buscar los restos de algunas botanas y una cerveza fría; llenó la pantalla, un arrugado y rosado rostro de bebé. Pero no cualquier bebé…, uno recién nacido, con sus piernitas aún encorvadas y un enorme pañal que le cubría tres cuartas partes de su cuerpecito.

Acto seguido, su mamá lo carga con cariño, lo mima y lo llena de abrazos. El bebé no se inmuta, parece presa de un profundo sueño. Y mientras la música melosa que fondea el comercial acentúa su participación; el niño es recostado entre blancas sábanas que lo reciben y lo abrazan.

Termina el comercial. Creo que anunciaba pañales.

Desperté del trance, temblando y los ojos me ardían. Una sustancia extraña y salada salía de ellos y escurría por mis mejillas. El cuerpo me temblaba, como cuando uno sueña que cae y se precipita contra el suelo.

Mi esposa entró a la sala y me miró con extrañeza y cierta lástima. No aguantó la carcajada.

Apenado, huí en busca de mi botana y mi cerveza fría.

Maldita televisión, con razón dicen que es la <>, ¿Cómo se atreve a manipularme de esa forma?

Tengo y no tengo

La noticia es que la espera, ha comenzado a terminar con mi paciencia. Ya no me entusiasma sentarme a mirar su ropa, ni su cuarto, ni el millar de peluches y juguetes que se amontonan por los rincones de su cuarto.

Ya no soporto la espera. Me persigue a todas partes, no me deja concentrarme, ni pensar. No me escucho a mí mismo. Todo en mi mente se ve perturbado por la espera.

Es como una piedra en el zapato, como una luz directa en la retina, como un ruido incesante y creciendo.

Ya no soporto más. Quisiera ya tenerlo en mis brazos, y rozar mi nariz en la suya. Quisiera tocar su piel, oler su perfumado aroma, sentir su fragilidad…quiero…quiero tanto y no lo tengo…

Algo que debía

Mientras mi bebé sigue ganando peso, y pateando cada vez can más fuerza el vientre de mi mujer, nosotros, nos hemos volcado a la organización de algunos baby shower (por cierto, si alguien sabe cuál es la traducción al español de dicha ascepción, lo agradeceré; p. existencial)

Mi hermosa mujer, con la devoción de un mártir y la dedicación de quien anhela un sueño, ha producido una serie de souvenirs, que habrán de distribuirse en estas reuniones tan sui géneris.

Mientras tanto, yo –con notoriamente menos talento artístico- he dedicado mis tardes a la contemplación y a la desesperación.

Porque la espera –bella pero abrumadora señorita- empieza a hacer estragos en mi conciente. De repente me sorprendo a mi mismo divagando en múltiples y coloridos paisajes mentales, suspirando en la soledad de la recámara, mirando todo sin mirar. Veo todo, y nada se mueve, ni siquiera yo. Todo está inanimado, quieto, triste y desolado. Hasta un sonriente oso de peluche, cabizbajo y taciturno; parece tan desesperado como yo.

Y sigo esperando su llegada…