Mientras mi bebé sigue ganando peso, y pateando cada vez can más fuerza el vientre de mi mujer, nosotros, nos hemos volcado a la organización de algunos baby shower (por cierto, si alguien sabe cuál es la traducción al español de dicha ascepción, lo agradeceré; p. existencial)
Mi hermosa mujer, con la devoción de un mártir y la dedicación de quien anhela un sueño, ha producido una serie de souvenirs, que habrán de distribuirse en estas reuniones tan sui géneris.
Mientras tanto, yo –con notoriamente menos talento artístico- he dedicado mis tardes a la contemplación y a la desesperación.
Porque la espera –bella pero abrumadora señorita- empieza a hacer estragos en mi conciente. De repente me sorprendo a mi mismo divagando en múltiples y coloridos paisajes mentales, suspirando en la soledad de la recámara, mirando todo sin mirar. Veo todo, y nada se mueve, ni siquiera yo. Todo está inanimado, quieto, triste y desolado. Hasta un sonriente oso de peluche, cabizbajo y taciturno; parece tan desesperado como yo.
Y sigo esperando su llegada…
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