Por primera ocasión, me quedé a solas con él.
Me miraba inquieto con sus ojos grises. Esa mirada me provocaba cierta incomodidad, cierta confusión, cierto deseo de no estar, cierto miedo.
¿Qué tenía que hacer entonces? ¿Escapar a un rincón oscuro? ¿Enfrentarlo? ¿Con qué arsenal?
Mientras trataba de esquivar la parálisis nerviosa, de la que me hizo presa; él continuaba en silencio, mirándome. Tal vez esperaba algún movimiento sorpresivo, su postura así lo evidenciaba. Taciturno, sólo alcanzaba a percibir el sonido de su respiración.
La tensión crecía, mientras mi mano empezaba a temblar y mis rodillas a flaquear.
Esbocé una sonrisa. No tuvo respuesta. Me moví un poco hacia el rincón de la habitación donde se almacenan los libros, buscando -tal vez- perderme de su mirada entre las coloridas portadas y cubiertas.
Intento fallido. Él seguía con su mirada clavada en mi cara.
Justo cuando sentí desfallecer, me lanzó un leve balbuceo que por alguna extraña razón sentí cargado de confianza y cierta lástima.
Me acerqué. Lo miré aún con cierto temor, puse mi mano sobre su cabeza y sosteniendo la respiración, esperé unos segundos.
Mi miró y sonrió.
miércoles, 10 de junio de 2009
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