
Mirar sus pequeños ojos, me despierta el alma.
Brotan de los míos, un caudal de esperanzas y de anhelos que no puedo contener, aún cuando escribo estas letras.
Su breve estancia en esta realidad me inspira. Me invita a recorrer caminos oscuros y me plantea nuevas dudas y retos. Me azota contra los muros de mis debilidades y me flagela con su brillo y su leve sonrisa que se esparce por todo el espacio.
¿Cómo es posible que algo tan breve me aterre hasta los huesos?
He comenzado una lucha sangrienta contra mi cerebro. Como dice Germán Dehesa, el mundo, el universo y nuestro cuerpo mismo, está divido en dos polos opuestos. Al norte, se encuentra el espacio en donde se desarrolla el intelecto, la razón, el conocimiento. En él reina el yo racional; aquel que analiza cuidadosamente cada situación, que postula los pros y los contras y otorga una resolución justa basada en los hechos.
Al sur, se encuentra el espacio jacarandoso, el deshinibido, el desvergonzado insaciable, el fiestero, el ebrio, el de piés calientes. Ahí no reina nadie. La única ley, es la que cada quién se impone. El deseo, los placeres banales, y los sueños se enredan en una fiesta sin término.
Y en mi justo medio, se desencadenan los primeros capítulos de una guerra civil entre estas dos entidades. Una que apela por la razón y el entendimiento; otra apela a los sueños e ilusiones.
Todo...todo, provocado por esos pequeños ojos. Esos ojos que ahora se disputan estos dos bandos.
¿Qué haré?, no lo sé... ¿Quién ganará esta guerra?...tampoco...
Lo cierto es que ambos lados ya presentan bajas sensibles y será cuestión de algunas lunas, cuando se asome en el horizonte la bandera blanca...la rendición y el ajuste de cuentas...
Ya les platicaré...
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