Hace algunos años (más de 12 de para ser preciso, sin serlo) conocí en el barrio a un muchacho oseo, de ligero andar, ojos grandes, pelo oscuro, piel curtida y para ser sincero, con una personalidad un tanto "polémica".
A muchos, incluso a mí en algún momento, el muchacho resultaba demasiado intenso y extravagante en su forma de ser. A otros, les parecía demasiado violento e impulsivo. Por ello, aunque en el barrio, la pandilla la formábamos más de 1o, menos de la mitad realmente lo soportaban.
Al principio, fui algo indiferente con él, le aguantaba sus bromas y sus arranques neuróticos, lo acompañaba por cortesía, y lo escuchaba sin atención. Lo único que tal vez nos unía y nos dividía profundamente -en ese momento- era la pasión por el futbol: él, América; yo, Chivas.
Pero, en algún momento -que no recuerdo- hicimos ambos, un pacto de amistad. Un contrato implícito en donde acordamos una amistad a prueba de fuego, de mujeres, de intereses, de maneras de pensar y hasta del tiempo.
"En las buenas y en las malas...", fue nuestro lema.
A partir de entonces, esas bromas y arranques neuróticos que tanto molestaban a la gente, de pronto comprendí, se trataba de un reflejo contrario, de una consecuencia de ese muchacho. Características que por algún motivo, me hacían sentir que era diferente a todos los demás.
En más de un centenar de ocasiones, me ha demostrado que detrás de esa férrea e irrazonable personalidad, se encuentra un persona profundamente sensible, con claros conceptos de lealtad, fidelidad, sinceridad, y solidaridad.
Sí, aquel muchacho era violento, desesperado, neurótico, intranquilo, irreverente, impulsivo, irracional, iracundo...pero era casi al mismo tiempo, atento a los estados de ánimo, a las necesidades de cada persona.
De pronto, sorprendía todos con un detalle que a todos dejaba callados y reflexivos. Recuerdo que en decenas de ocasiones alguna amiga decía: -híjole, cómo me gustan esos aretes- mientras paseábamos por el centro de la ciudad. Días después, así sin motivos, llegaba el muchacho con los aretes en la mano para dárselos; así, sin ninguna otra pretensión ni objetivo, sólo quería dar para recibir a cambio una sonrisa.
Ese es mi amigo.
De pronto, sorprendía todos con un detalle que a todos dejaba callados y reflexivos. Recuerdo que en decenas de ocasiones alguna amiga decía: -híjole, cómo me gustan esos aretes- mientras paseábamos por el centro de la ciudad. Días después, así sin motivos, llegaba el muchacho con los aretes en la mano para dárselos; así, sin ninguna otra pretensión ni objetivo, sólo quería dar para recibir a cambio una sonrisa.
Ese es mi amigo.
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