Hoy llegué a la oficina y alguien me recibió con una felicitación. Al principio pensé que se burlaba de mí por el reciente resultado desfavorable (y casi insultante) de mis chivitas rayadas. Ya casi para escupir un reproche, el colega siguió con su felicitación y culminó diciendo: -¡feliz día del profe!-.
Y ahora justo me pregunto: ¿Yo tengo algo qué enseñar al prójimo? ¿mis conocimientos y mi experiencia son útiles a alguien?
Si bien mi experiencia docente en fehas recientes, me ha dejado claro que eso de la actividad magisterial, nomás no va conmigo. He de reconocer, también, que no encontré en la docencia, aquella pasión perdida que dejé varada junto al periodismo. Por ello, mi desempeño como "profesor" ha sido mediocre -por decir lo menos- y altamente frustrante.
No he tenido la capacidad de involucrar a mis alumnos a la cátedra, es más, ni yo mismo he encontrado interés suficiente.
Yo por eso no festejaré este día. Más bien, lo dedicaré a la reflexión y a la vergüenza.
Celebremos, entonces, a esos Maestros que de verdad valen la pena.
Dedico pues, esta líneas a mis maestros: a mi musa, a mi mamá, a mi papá, a mis abuelos, a mis hermanos, al Che Guevara, a Silvio Rodríguez, a García Márquez, a Monsiváis, a Kurt Cobain, a Cristo, a mis amigos, a Rodrigo, al Molder, al Richard, a Lalo (mi tío y mi amigo), al Periodismo, a Fernando Paniagua, a Lea Remis, al Nefi, a Pelé, a las Chivas Rayadas, a Lourdes Sosa, a Pablo Neruda, a Mario Benedetti, a Julio Scherer, a George Lucas, a mis veinti tantos primos y sobrinos, QuentinTarantino, Jorge Drexler, y tantos más que han marcado mi existencia.