Mientras buscaba el sueño entre las sábanas de la cama, de pronto una ligera vibración estremeció la calma existente.
Así, sin previo aviso, el pequeño (y ya no tan breve) bultito que yace en el vientre de mi mujer, parecía estar disfrutando de un momento de diversión y –según vimos- de ejercicios aeróbicos.
Mi mano se dirigió presurosa hacia el origen de los movimientos. La piel tibia, era removida por un golpeteo dentro.
El asombro no cabía en mis ojos. Mi pequeño, se movía –como desde hace ya algunas semanas- pero en esta ocasión, nos permitía sentirlo, acariciarlo desde afuera de su burbuja.
Quedé prendido de un sentimiento inigualable. Quería que mi mano traspasara esa débil y delgada barrera que me separa de él.
Mientras tanto, las noches se vuelven un misterio que promete ofrecer a cada instante, un momento cargado de sorpresas y buenas nuevas.
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