miércoles, 12 de marzo de 2008

Por el amor de Dios!

Desde temprano me levanté con un dolor en el estómago. No pude pasar bocado, es más...no quería pasar bocado. Esa maldita sensación que nos da a los cobardes justo antes de ver que inminentemente vas a caer y estrellarte contra el piso, me persiguó todo el día.
Acudí al trabajo sin más esperanza que la de reencontrarme con la rutina y el aburrimiento. Sin embargo, de pronto una noticia azotó mi conciencia. Un incendio incontrolable había consumido ya gran parte de una bodega que albergaba en su interior, símbolos de las tradiciones más arraigadas de esta localidad.
El día se pasó rápido entonces. Aún cuando llegué a casa y llené mi estómago y mi paladar con el único placer que tuve en el día; algo en el ambiente me impedía sentirme agusto.
Ya caída la noche, llegó la llamada.
Mi hermano, el pequeño, había destrozado su recién estrenado automóvil en una vialidad cerca de la casa de mis papás. Sin más explicación la voz en el auricular apenas me dijo que estaban llegando al nosocomio y que esperaban más información sobre él.
El miedo se apoderó de mí. Un miedo que nunca antes había sentido. Un miedo que me llegaba hasta los rincones más apartados de mi alma. Empecé a temblar como si depronto estuviera desnudo en el polo norte. No podía parar, de mi naríz escurría un líquido y de mis ojos también. Apresurado, tomé llas llaves de mi auto y así, en un parpadeo, estaba a las puertas del Hospital.
Aún viajando por mi mente en un sinfín de posibilidades en las que podía terminar esta historia, vi a mi hermano salir por su propio pié del Nosocomio.
No pude más que abrazarlo, y llorar... estaba ahí, entero, conciente, mío. Lo tengo, lo tengo aquí.
Por el amor de Dios, está conmigo.

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